2014, Año Internacional de la Cristalografía: UNESCO

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martes, 22 de julio de 2008

La muerte de un caudillo

El domingo 1 de julio de 1928 se celebraron elecciones presidenciales en México. Mientras que en la capital del país se sentía un clima veraniego y las lluvias persistentes inauguraban el mes, en los círculos políticos y en la opinión pública se presagiaban tormentas.

Álvaro Obregón era el candidato único a la Presidencia del país. Un año antes se había reformado la Constitución para posibilitar la reelección no consecutiva; además, se había anulado a opositores como Arnulfo R. Gómez y Francisco R. Serrano, fusilados por insubordinarse.


El caudillo Obregón concluyó su campaña en la Ciudad de México semanas antes de las elecciones y se retiró a esperar los resultados en su hacienda Quinta Chilla, en Sonora. El domingo 15 regresó a la capital del país ya como presidente electo. Existían muchos rumores acerca de que su vida corría peligro, tomando en cuenta varios atentados que había sufrido desde el año anterior a manos de fanáticos religiosos y enemigos políticos ocultos. Malos presagios inundaban también a la opinión pública y a los allegados cercanos luego de las elecciones.

Una semana antes de la llegada del caudillo a la capital, José de León Toral, un fanático religioso, había decidido convertirse en mártir de la causa católica para ejecutar a Obregón, guiado por el ejemplo de los hermanos Pro Juárez y las elucubraciones de Concepción Acevedo y de la Llata —la Madre Conchita— acerca de la necesidad de matar al presidente Plutarco Elías Calles y al presidente electo para terminar con la persecución religiosa.

Toral pidió prestada una pistola Star 32 con diez cargas de balas. Ese domingo asistió a la recepción del sonorense en la estación Tacuba de ferrocarriles, desde donde recorrería Paseo de la Reforma y se dirigiría al Centro Director Obregonista en la avenida Juárez, para luego trasladarse a una comida en su honor en el Parque Asturias. Toral tuvo tres posibilidades para asesinarlo. En ninguno de los tres lugares se sintió seguro para proceder.

El lunes siguiente, Toral buscó otra oportunidad en Palacio Nacional, en el Centro Director Obregonista y en la residencia de Obregón en el número 185 de la avenida Jalisco (hoy Álvaro Obregón). Compró un cuaderno para realizar un dibujo de la víctima y tener un pretexto para entregárselo personalmente en la primera oportunidad que tuviera, pero ese día tampoco la tuvo.

El martes 17 de julio amaneció húmedo luego de una pertinaz lluvia que cayó sobre la Ciudad de México durante la noche. Toral acudió a los servicios espirituales que se brindaban en la casa que servía de convento, a cargo de la Madre Conchita. Luego desayunó, leyó los periódicos y realizó varios dibujos. A la 1 de la tarde se encontraba cerca de la residencia de Obregón, estudiando los movimientos del político.



El presidente electo, mientras tanto, despachó diversos asuntos en el transcurso de la mañana. Los rumores acerca de su posible asesinato hicieron que revisara su agenda. Estaba invitado a comer con los legisladores federales guanajuatenses en el restaurante “La Bombilla”, en San Ángel, propiedad del español Emilio Cazado. Pero Obregón tenía una cita con el presidente Calles al mediodía. Enrique Torreblanca, secretario de Obregón, llamó a su hermano Fernando, secretario del presidente, a fin de mover la hora de la reunión, para después de la comida, que no se podía posponer ante la insistencia de los diputados. Así, el retraso de la cita con Calles le permitió asistir a la comida.

Antes de la 1 de la tarde el diputado sonorense Ricardo Topete llegó a la casa de Obregón para acompañarlo a la comida en San Ángel, junto con el gobernador de Hidalgo, coronel Matías Rodríguez. El Manco de Celaya se encontraba de muy buen humor y hasta bromeó con sus acompañantes acerca de un posible atentado con bombas, como el perpetrado en noviembre del año anterior cerca del Bosque de Chapultepec, diciendo que ahora tendría que ser con bombitas, dado que iba a “La Bombilla”.

El caudillo salió de su domicilio acompañado también por sus amigos y escoltas, Ignacio Otero Pablos y Juan Jaimes. Partieron de avenida Jalisco y siguieron a la izquierda por la avenida Insurgentes hacia el sur. José de León Toral abordó un taxi para seguir a la comitiva, alcanzándola en la avenida Tizapán (hoy Baja California), sin saber hacia dónde se dirigían, aunque intuyó, según sus declaraciones posteriores, que era a “La Bombilla”.

La comida estaba planeada para las 13 horas, ya que el homenajeado solía comer temprano. El caudillo llegó al restaurante a bordo de un automóvil Cadillac; vestía un traje gris y con afabilidad aceptó tomarse unas fotos con el grupo de diputados invitados.




En el jardín del restaurante se dispusieron cuatro grandes mesas acomodadas en cuadro. En la cabecera lucía un arreglo floral alusivo: “Homenaje de honor de los guanajuatenses al C. Álvaro Obregón”. El menú seleccionado fue coctel, entremés a la mexicana, crema portuguesa de tomate, huevos con champiñón, pescado a la veracruzana y pastel “Bombilla”.

Para amenizar, la orquesta típica del maestro Alfonso Esparza Oteo comenzó a tocar varias melodías, disponiendo también la participación de dos cancioneras. La “Rapsodia mexicana” de Chucho Corona, el “Pajarito barranqueño” y varias melodías de Guty Cárdenas fueron interpretadas en el transcurso de la comida.

En la mesa principal se sentó al centro el invitado de honor, a su izquierda Aarón Sáenz, el diputado Enrique Fernández y Ricardo Topete; a su derecha, el licenciado Federico Medrano, jefe de la diputación guanajuatense; el licenciado Arturo H. Orcí y el presidente de la Corte, Jesús Guzmán Vaca. Otros invitados sobresalían a los costados de la mesa de honor, como José Luis Solórzano, Antonio Díaz Soto y Gama, Aurelio Manrique Jr., Ezequiel Padilla, David Montes de Oca, Tomás A. Robinson, José Aguilar y Maya y Alejandro Sánchez (médico de cabecera de Obregón, por cierto). No se había dispuesto ninguna seguridad en el evento, excepto por la presencia de tres agentes y el cuidado de los escoltas y amigos que acompañaban al presidente electo.

León Toral llegó minutos después que Obregón al restaurante. Entró con facilidad, vestido con un traje café, una corbata rojiza, su cuaderno de dibujo y un lápiz. Preguntó por un señor Cedillo; fue informado que posiblemente se encontraba en la comida del jardín, por lo que penetró sin dificultad. Antes había bebido un cuarto de cerveza. Pasó al baño, desenfundó la pistola quitándole el seguro y se la colocó a la altura del abdomen con el cañón hacia abajo y la cacha sujetada con el chaleco del traje. Salió para sentarse en el jardín y dibujar a Obregón, al director de la orquesta y a Aarón Sáenz.

La comida transcurría con toda normalidad. Ricardo Topete fue el único que desconfió del dibujante. Llamó a uno de los agentes para preguntarle quién era el que estaba sentado dibujando, a lo que el agente le informó que era un caricaturista de los periódicos que estaba haciendo un retrato del caudillo.

Toral se dio cuenta de la desconfianza de Topete, por lo que se levantó y caminó a la mesa de honor. Se dirigió al diputado, preguntándole cuál de los bocetos le parecía mejor. Enseguida se acercó a Sáenz para enseñarle el boceto del mismo y del general, a lo que Sáenz respondió que luego lo viera para quedarse con ellos.

Enseguida, Toral se acercó al caudillo para mostrarle el dibujo. El general movió la cabeza para ver. En ese momento, Toral sostuvo con la mano izquierda el cuaderno y con la derecha sacó la pistola para realizar el primer disparo a cinco centímetros; luego fueron cuatro más en la espalda y otro en el muñón derecho. Seis en total. Eran las 14:20 horas, justo en el momento en que se servían los postres “Bombilla”, del gusto de don Álvaro, y se escuchaba la canción “Limoncito”, confundiéndose con el sonido de los disparos.


Obregón se inclinó hacia adelante y hacia la izquierda, se flexionó sobre la silla, abrió los ojos y dio con la cabeza sobre la mesa, mientras recibía los demás disparos en la espalda; luego cayó al suelo, lastimándose la frente. Sáenz alargó los brazos, tratando de atrapar el cuerpo sin lograrlo. La confusión se apoderó de todos.

Toral quedó petrificado después de realizar los disparos y sólo atinó a apuntar la pistola hacia el suelo. El primero en tomar al asesino y desarmarlo fue el diputado Enrique Fernández Martínez, después lo rodearon Ricardo Topete, Aurelio Manrique, Ignacio Otero, Antonio Valadez, Antonio Díaz Soto y Gama, Juan Jaimes, Homobono Márquez y Tomás A. Robinson. Lo tundieron a golpes y cachazos. Jaimes quería acribillar al asesino. Manrique gritó que no había que matarlo para saber la trama del crimen. Topete recogió el arma asesina.

Mientras, el cuerpo del caudillo estaba sangrando, tirado con las piernas flexionadas y la cabeza contra el suelo. Sáenz, Otero y el médico Sánchez trataron de levantarlo. Decían que estaba aún vivo, otros gritaban que había muerto. Con trabajos fue trasladado al asiento trasero del Cadillac. En el mismo coche se subieron Sáenz, Orcí, Topete, Medrano y Manrique, quienes fueron seguidos de otros automóviles hasta el domicilio del general, a donde se había dado aviso. El presidente Calles fue informado de inmediato. Los presagios fueron realidad: la tormenta caía.

El asesino fue trasladado a la Inspección General de Policía en un auto Packard por el coronel Juan Jaimes, el coronel Tomás A. Robinson y el diputado Enrique Fernández Martínez; allí esperarían al general Roberto Cruz, jefe de la policía. Toral, impávido, con los ojos cerrados y ensangrentado por los golpes, no podía o no quería hablar, sólo se había identificado como “Juan”. Ya era un mártir de la religión.

La noticia corrió como reguero de pólvora por la Ciudad de México. A las afueras del domicilio de Obregón había una multitud en el momento en que llegó el Cadillac con el cadáver. Valentina, la sirvienta, gritó que habían matado a su padrecito y cayó desmayada. El cuerpo sin vida fue colocado en una habitación de la planta baja, donde ya se encontraba el médico Enrique Osornio quien había amputado el brazo de Obregón en 1915 para dar fe de que estaba muerto. Luego se procedió a realizar la máscara mortuoria, marcada por un balazo y un golpe, para la posteridad broncínea.

El presidente Calles llegó a la residencia visiblemente disgustado. Entró a la habitación donde se encontraba el fallecido. Se acercó a la cabeza del cadáver y dijo: “¿querías ser presidente? Tal por cual, pues no llegaste”. El general Higinio Álvarez García se molestó y hasta sacó la pistola, pero el médico Osornio intervino para bajar los ánimos.

Calles pidió a Cholita, su secretaria, que lo comunicara desde ahí a la Inspección General de Policía para solicitar fuerzas policiales y dar instrucciones. Llegó entonces el general Palomera de la gendarmería a recibir la orden de sacar los archivos del asesinado inmediatamente, como si escondieran grandes secretos.

Manrique enfrentó a Calles oponiéndose a dicha orden, diciéndole además que el obregonismo no había muerto y acusando a Morones, miembro del gabinete del presidente, de urdir el asesinato. Calles salió de la casa de Obregón para dirigirse a la Inspección General de Policía. En la oficina de Roberto Cruz entrevistó personalmente al asesino José de León Toral, acompañado por los generales Joaquín Amaro y Abundio Gómez. Preguntó quién lo había mandado a cometer el crimen, a lo que Toral respondió que no quería cambiar su declaración inicial en el sentido de que había obrado solo, y que lo había hecho para lograr que “Cristo nuestro señor pueda reinar en México”. El presidente solamente expresó: ¿“Qué clase de reino es ése?” Además lo cuestionó sobre las razones de no haber procedido primero contra el presidente y no con Obregón, a lo que Toral respondió que era indispensable destruir los cimientos para que cayera el edificio, única forma de extirpar la persecución religiosa. El general salió visiblemente enojado de esa oficina, con el seño fruncido, sin expresar nada.

Los obregonistas del círculo cercano del presidente electo se organizaron para que una comisión, integrada por Aarón Sáenz, Emilio Portes Gil, Luis L. León y Arturo H. Orcí, se presentara ante el presidente Calles. Esa misma tarde fueron recibidos. Insistieron en culpar a Morones de la muerte del caudillo y pidieron el esclarecimiento del crimen cuanto antes, además de manifestar su desconfianza ante el hecho de que el encargado de las investigaciones fuera el general Roberto Cruz, pues “no garantizaba los intereses del obregonismo”, ya que había sido enemigo del Manco de Celaya. Colérico, el presidente Calles ordenó cesar a Cruz y nombrar a un cercano del caudillo, como el general Antonio Ríos Zertuche.


Por la noche, el cadáver del presidente electo fue llevado al salón Embajadores del Palacio Nacional. Se formó una valla compuesta por generales, jefes y oficiales desde la puerta central de Palacio hasta el salón. El féretro fue cargado por Joaquín Amaro, Ricardo Topete, Tomás A. Robinson, Aarón Sáenz y cuatro elementos del Estado Mayor Presidencial.

La primera guardia de honor fue realizada por Calles, Amaro, Orcí, Sáenz y Manrique. Una segunda la encabezaron Patricio Salido, Humberto Obregón, Ignacio Otero Pablos, el coronel Juan Jaimes, Homobono Márquez y Marte R. Gómez. El féretro de metal fue cubierto por la bandera nacional. Gente del pueblo desfiló ante el ataúd, unos impávidos, otros con morbo.

A las 11 de la mañana inició la última guardia del presidente Calles, junto con familiares y amigos del difunto. Sáenz, Manrique, Topete, Ponce de León y Orcí fueron los encargados de cargar el ataúd para llevarlo al patio central de Palacio e iniciar el recorrido a fin de conducirlo a la estación de ferrocarril en una carroza de la agencia Gayosso. Detrás de la carroza fúnebre figuraba el presidente Calles junto con Sáenz y Amaro, miembros del Centro Director Obregonista, del Colegio Militar y del Estado Mayor Presidencial, escoltando la carroza.

El inicio del recorrido fue Palacio Nacional, la Catedral, avenida Madero y luego avenida Juárez, donde se detuvo para recibir homenaje en las oficinas del Centro Director Obregonista. Sáenz dijo unas palabras muy emotivas acerca del caudillo, de su servicio a la patria, de su protagonismo como baluarte de la Revolución. Continuó hasta la estación Colonia de ferrocarril, donde se encontraba arreglado un vagón como capilla ardiente. Ahí Manrique pronunció otro discurso exaltando la figura de Obregón y su contribución a la historia revolucionaria, que había sido coartada por el artero crimen que requería la mano firme de la justicia. La banda del Estado Mayor de la Secretaría de Guerra y Marina ejecutó el Himno Nacional, dando pie a que arrancara el tren con destino a Sonora.

El tren olivo quedó bajo las órdenes de los generales Benito Bernal y Agustín Cisneros, con una avanzada de fuerzas que iba en otro tren. A las 7 de la mañana del día 19, el convoy con los restos de Obregón llegó a Guadalajara, donde se realizó un homenaje oficial con honores militares por espacio de una hora. Dos días después el tren llegó a la población de Navojoa. Los familiares decidieron trasladar los restos del ex presidente Obregón a Huatabampo, para enterrarlos junto a los de su señora madre. Por la noche del sábado, bajo un intenso calor, Álvaro Obregón fue sepultado en el panteón municipal de su tierra natal. El “rayo de la guerra” se había extinguido para siempre, no así su legado en la memoria revolucionaria del país.

Ya desde el miércoles 18 de julio, el presidente Calles había declarado que México había perdido al estadista más completo del pasado reciente, y se comprometió a dar cabal castigo a los asesinos intelectuales y materiales. Prometió también que la obra revolucionaria continuaría. La solución del conflicto religioso y la necesaria unidad de la familia revolucionaria se impondrían, porque habían sido objetivos concretos del obregonismo. Aarón Sáenz había influido en esta concepción.

José de León Toral y la Madre Conchita fueron juzgados durante los siguientes meses. Hubo muchos involucrados, exculpados, alegatos, amparos y testigos. El escándalo en la opinión pública continuó durante el tiempo en que se celebraron las audiencias, sobre todo en el juicio popular que se celebró en San Ángel, cuyo resultado fue la sentencia de pena de muerte para Toral y la pena por 20 años a la Madre Conchita.

El sábado 9 de febrero de 1929, José de León Toral fue ejecutado por un pelotón en la Penitenciaría de Lecumberri. De inmediato se hizo mártir de la causa católica, como lo corroboraron sus funerales. Fue sepultado en el Panteón Español, pasando a la historia como un hombre fanático, diminuto, delgado, oscuro, tembloroso y arrepentido, que apagó la vida del “estadista” por antonomasia de la revolución vencedora